quarta-feira, 27 de fevereiro de 2008

A pergunta do Bocão

Na última segunda-feira, o Boca de Rua entrevistou Juliano Fripp, representante dos camelôs que trabalham na Rua da Praia e que fazem parte dos 800 ambulantes que serão transferidos para o Centro Popular de Compras (CPC), o camelódromo do terminal Rui Barbosa, a partir de maio. Eles esperam que a mudança de espaço ocasione a diminuição da violência policial e dos abusos da SMIC, já que só poderá alugar a banca quem tiver o bendito alvará - nada de vendedores de CD ou de DVD, portanto.

O camelódromo vai abrigar apenas um terço dos ambulantes do centro de Porto Alegre, que são cerca de 2.500. Como ainda não foram estabelecidos quais os critérios que definirão quem entra ou não no novo prédio (além do alvará), é provável que o assunto ainda gere alguma confusão - certamente noticiada pelo Correio do Povo, que desde 2007 abraçou a campanha "os camelôs assustam a população do centro". A confusão promete ser ainda maior pois, conforme afirmou o Guilherme, que convive sempre com os kaingang e os guarani, os índios que vendem artesanato também deverão sair das ruas para se estabelecer no CPC.

Embora a entrevista tenha me informado sobre questões até então desconhecidas, o maior momento dela, ao meu ver, foi quando o Bocão, integrante mais antigo do jornal, fez a seguinte pergunta:
- Se acaso eu quiser comprar alguma coisa nos camelôs, quero subir no prédio que fizeram novo e não quero ir nos camelôs da rua, vai precisar de alguma coisa pra poder entrar no prédio? Algum crachá, alguma identificação?


Eu, que quase nunca preciso mostrar documento para entrar em algum lugar, me pergunto quantas vezes ele já deve ter sido barrado em locais como mercados, lojinhas e restaurantes. E busco na memória quantas histórias eu já escutei de estabelecimentos comerciais que não os deixaram entrar, mesmo quando eles mostravam o dinheiro. Os camelôs também sofrem na mão da polícia, também são perseguidos pelos órgãos da prefeitura e também são mostrados nos jornais como a "escória da sociedade". A pergunta do Bocão me fez pensar em tudo o que ele já deve ter passado para imaginar que nem mesmo os camelôs, que compartilham alguns problemas com os moradores de rua, aceitariam que eles entrassem em um prédio comercial.

Eis a resposta do Juliano:
- Se houver qualquer tipo de negociação ou atitude desse tipo, que alguém peça um crachá ou uma identificação pra pessoa poder entrar dentro do camelódromo, essa pessoa tem que ser presa, porque aquele espaço é público.

Deixaste o meu dia um pouco mais leve, Juliano.

sexta-feira, 18 de janeiro de 2008

Quien no compra no existe y quien no tiene no es.

Eu adoro o que o Eduardo Galeano escreve. É dele o único texto sobre comunicação que já me fez chorar, de tão lindo. Hoje recebi da estimada Clarinha o texto que segue. É enorme, é em espanhol, mas vale a pena.

Los Prisioneros - Eduardo Galeano

El Estado, que jamás va preso, asesina por acción y por omisión. Crímenes por acción: a fines del año pasado, la policía militar de Río de Janeiro reconoció oficialmente que venía matando civiles a un ritmo ocho veces más acelerado que el año anterior, mientras la policía de los suburbios de Buenos Aires cazaba jóvenes como si fueran pajaritos. Crímenes por omisión: al mismo tiempo, cuarenta enfermos del riñón murieron en el pueblo de Caruarú, en el nordeste de Brasil, porque la salud pública les había hecho diálisis con agua contaminada; y en la provincia de Misiones, en el nordeste de la Argentina, el agua potable, contaminada por los plaguicidas, generaba bebés con labios leporinos y deformaciones en la médula espinal.

En la era de la privatizaciones y el mercado libre, el dinero se propone gobernar sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al Estado? El Estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y a la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un Estado juez y gendarme, y poco más. De los otros servicios públicos, ya se encargará el mercado, y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. La administración pública sólo puede disfrazarse de madre piadosa muy de vez en cuando, atareada como está en consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En el proyecto neoliberal, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública como si fueran formas de la caridad pública.

El arte de borrar huellas

Mientras tanto, crece la pobreza y crecen las ciudades y crecen los asaltos y las violaciones y los crímenes. "La criminalidad crece mucho más que los recursos para combatirla", reconoce el ministro del Interior del Uruguay. La explosión del delito se ve en las calles, aunque las estadísticas oficiales se hagan las ciegas, y los gobiernos latinoamericanos confiesan, de alguna manera, su impotencia. Pero el poder jamás confiesa que está en guerra contra los pobres que genera, en pleno combate contra las consecuencias de sus propios actos. "La delincuencia crece por culpa del narcotráfico", suelen decir los voceros oficiales, para exonerar de responsabilidad a un sistema que arroja cada vez más pobres a las calles y a las cárceles y que condena cada vez más gente a la desesperanza y la desesperación.

Las cumbres irradian el mal ejemplo de su impunidad. Se castiga abajo lo que se aplaude arriba. El robo chico es delito contra la propiedad, el robo en gran escala es derecho de los propietarios: uno es asunto del Código Penal, el otro pertenece a la órbita de la iniciativa privada. El poder, que elogia al trabajo y a los trabajadores en sus discursos pero los maldice en sus actos, sin pudor alguno recompensa la deshonestidad y la falta de escrúpulos. La respetable tarea tiene por cómplices a los grandes medios de comunicación, que mienten callando casi tanto como mienten diciendo.

¿Denuncias o confesiones?

Y mientras el poder enseña impunidad, esos grandes medios, y sobre todo la televisión, difunden mensajes de violencia y de consumismo obligatorio. Una reciente investigación universitaria reveló que los niños de Buenos Aires ven, cada día, cuarenta escenas de violencia en la pantalla chica. ¿Cuántas escenas de consumismo ven? ¿A cuántos ejemplos de despilfarro y ostentación asisten cada día? ¿Cuántas órdenes de comprar reciben los que poco o nada pueden comprar? ¿Cuántas veces por día se les taladra la cabeza para convencerlos de que quien no compra no existe, y quien no tiene, no es? Paradójicamente, la televisión suele trasmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre y de publicidad compulsiva: en este sentido, bien podría decirse que sus propios mensajes están confirmando su eficacia mediante el auge de la delincuencia.

Las fábricas de opinión pública echan leña a la hoguera de la histeria colectiva, y mucho contribuyen a convertir la seguridad pública en obsesión pública. Cada vez tienen más ecos los gritos de alarma que se pronuncian en nombre de la población indefensa ante el acoso del crimen. Se multiplican los asustados, y los asustados pueden ser más peligrosos que el peligro que los asusta. Para acabar con la falta de garantías de los ciudadanos, se exigen leyes que suprimen las garantías que quedan; y para dar más libertad a los policías, se exigen leyes que sacrifican la libertad de todos los demás -incluso en países como el Uruguay, donde las estadísticas confiesan que los policías son, en proporción, los ciudadanos que más delitos cometen.

No sólo los vividores de la abundancia se sienten amenazados. También la clase media, y también numerosos sobrevivientes de la escasez: pobres que sufren el asalto de otros pobres más pobres o más desesperados. En sociedades que prefieren el orden a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares del orden: hay cada vez más gente convencida de que no hay ley que valga ante la invasión de los fuera de la ley. Hay un clamor creciente por la pena de muerte en la opinión pública de varios países latinoamericanos; y las matanzas de niños por los escuadrones parapoliciales de la muerte en Bogotá, Río de Janeiro o la ciudad de Guatemala son pública o secretamente aplaudidas por un sector considerable de la sociedad. Se considera normal la tortura del delincuente común, o de quien tenga cara de; y llama la atención el silencio de algunos organismos de derechos humanos, en países donde la policía tiene la costumbre de arrancar confesiones mediante métodos de tortura idénticos a los que las dictaduras militares aplican contra los presos políticos.

Las otras jaulas

Presos: las dictaduras militares ya no están, pero las frágiles democracias latinoamericanas tienen sus cárceles hinchadas de presos. Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado por los banqueros o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos. Cárceles inmundas, presos como sardinas en lata: en su gran mayoría, son presos sin condena. Muchos, sin proceso siquiera, están ahí no se sabe por qué. Si se compara, el infierno del Dante parece cosa de Disney. Continuamente, estallan motines en estas cárceles que hierven. Entonces las fuerzas del orden cocinan a tiros a los desordenados y de paso matan a todos los que pueden, con lo que se alivia la presión de la superpoblación carcelaria -hasta el próximo motín.

En realidad, bien se podría decir que presos estamos todos, quien más, quien menos. Los que están en las cárceles y los que estamos afuera. ¿Están libres los presos de la necesidad, obligados a vivir para trabajar porque no pueden darse el lujo de trabajar para vivir? ¿Y los presos de la desesperación, que no tienen trabajo ni lo tendrán, condenados a malvivir a los zarpazos? Y los presos del miedo, ¿estamos libres? ¿No estamos todos presos del miedo? Todos enrejados: ya hay plazas públicas rodeadas de rejas en algunas ciudades latinoamericanas, y están enrejadas las casas de todos los que tenemos algo que perder, aunque sea poco, aunque sea nada; yo he visto rejas hasta en algunos ranchos de lata y madera de los suburbios pobres. Los de arriba y los del medio y los de abajo: en sociedades obligadas al sálvese quien pueda, aterrorizadas por los manotazos de sus náufragos, estamos todos presos: los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias.

Los hechos se burlan de los derechos. Retrato de América Latina al fin del milenio: ésta es una región del mundo que niega a sus niños el derecho de ser niños. Los niños son los más presos entre todos los presos, en esta gran jaula donde se obliga a la gente a devorarse entre sí. El sistema de poder, que no acepta más vínculo que el pánico mutuo, maltrata a los niños. A los niños pobres los trata como si fueran basura. Y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor.

En la burbuja del poder

En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.

Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.

Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.

La pobreza como delito

Muchos antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle. Algunos expertos llaman "niños de escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay setenta millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina que fabrica pobres y prohíbe la pobreza. Entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.

Nacen con las raíces al aire. Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Entre la cuna y la sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje. De cada dos niños pobres, uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo. ¿Y el otro? De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.

En muchos países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y está haciendo trizas el tejido social comunitario. ¿Qué destino tienen los dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho sagrado? Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo prohíbe. El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega. Y ellos se vengan lanzándose al asalto. En las calles de las grandes ciudades, se forman bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha. Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Y ellas? Hay medio millón de niñas brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas vírgenes.

El pánico y sus trampas

Entre una punta y la otra, el medio. Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no siente que el piso cruje bajo los pies? La clase media vive en estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá reprocharle mala conducta. La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el pánico al desalojo.

En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.

sexta-feira, 11 de janeiro de 2008

Juiz proíbe mídia de citar agressores de prostituta

Da Folha de São Paulo:


CENSURA TOGADA
Juiz proíbe mídia de citar agressores de prostituta
Por Sérgio Rangel / FSP em 11/1/2008

O juiz Joaquim Domingos de Almeida Neto, do 9º Juizado Especial Criminal, proibiu dez veículos de comunicação de exibir imagens e citar os nomes de três estudantes condenados por agressão a uma prostituta em novembro passado no Rio. As entidades que representam veículos de comunicação repudiaram o veto e defenderam ações judiciais contra ele.

Três estudantes de classe média (Fernando Mattos Roiz Júnior, 19, Luciano Filgueiras da Silva Monteiro, 21, e um menor) agrediram prostitutas e travestis com um extintor de incêndio roubado na Barra da Tijuca dois meses atrás.

Eles foram presos, e o juiz Almeida Neto condenou os dois universitários (Fernando e Luciano) a prestar oito horas semanais de serviços à companhia de limpeza urbana do Rio por um ano – os dois recolhem lixo e ajudam a limpar pichações em postes e muros.

A ação contra os meios de comunicação foi proposta pelo Ministério Público do Estado a pedido dos advogados dos universitários, Leonardo Siqueira e Bruno de Oliveira. "Eles já estão cumprindo a pena e estavam sofrendo represálias na rua por causa das cenas exibidas nos jornais", disse Siqueira.

O juiz proibiu os veículos de mencionar os estudantes em reportagens, inclusive via internet. Caso a decisão seja descumprida, o juiz estabelece na sentença multa de R$ 10 mil.
Segundo a decisão (tomada em 22 de novembro, mas só informada anteontem [9/1]), os "principais veículos de comunicação locais [redes de TV Globo, TVE, Bandeirantes, CNT, Record, Rede TV] e jornais de grande circulação [O Globo, Jornal do Brasil, Extra, O Dia]" terão que se abster "de veicular imagem dos autores do fato".

A ANJ (Associação Nacional de Jornais), a Abert (Associação Brasileira de Emissoras de Rádio e Televisão) e a ABI (Associação Brasileira de Imprensa) protestaram contra a decisão. Segundo a ANJ, o juiz "praticou censura prévia e afrontou a Constituição": "Não cabe a ninguém decidir qual informação deve chegar aos cidadãos". A ANJ recomenda que os veículos de comunicação recorram da proibição, para que o Judiciário restabeleça o princípio da liberdade de expressão.
A Abert repudiou a decisão e disse ter "confiança no Poder Judiciário como guardião dos princípios da liberdade de imprensa". A ABI declarou que a decisão "ofende à Constituição, ignorando a disposição mencionada, e devolve o país aos tempos do autoritarismo".

O Amor nos Tempos do Cólera




Como há tempos não acontecia, os cinemas porto-alegrenses estão cheios de filmes que eu gostaria de assistir. Duvido que eu consiga ver todos. Minha temporada Bom Princípio-Buenos Aires resultou na perda de Império dos Sonhos (Inland Empire), mas eu torço para que o AeroGuion – um dos meus cinemas preferidos – o recoloque em cartaz em breve.


Na minha modesta lista dos filmes que precisam ser assistidos estão Across the Universe, A vida dos outros e Meu Nome não é Johnny. O mais esperado é Desejo e Reparação (Atonement), baseado no livro Reparação, do inglês Ian McEwan, minha descoberta literária de 2007. Sempre fico receosa com adaptações das obras que gosto para o cinema, porque o roteiro nunca contempla toda a história e na minha imaginação as personagens costumam ser muito melhores que no filme. As críticas que li, porém, são positivas e garantem que o próprio McEwan aprovou o resultado.


A paixão por García Márquez fez com que eu esperasse com ansiedade o lançamento de O Amor nos Tempos do Cólera, primeiro escolhido do ano. Fui assisti-lo com o mesmo receio de que falo acima, acrescido de outros motivos. Primeiro, junto com o Cem Anos de solidão, o Amor nos tempos do Cólera é o melhor livro do Gabo, o que aumenta as chances do filme não chegar aos pés. Depois, o próprio escritor disse que o diretor Mike Newell não conseguiria filmar a história. Por fim, Pedro e Paola, meus cineastas queridos, disseram que o filme era muito ruim e que não valia meu dinheiro. Mesmo assim, eu sou teimosa e fui.


Observação: escolhi o cinema do Moinhos, por causa do desconto do dia e pela menor quantidade de pessoas comilonas de pipoca. Ninguém merece assistir a qualquer filme escutando a mastigação das pessoas que estão sentadas perto. (Gente, pipoca se come em casa ou então antes do filme começar!). Infelizmente, o número de pacotes de pipoca foi muito maior do que o esperado.


O Amor nos Tempos do Cólera começa com uma pequena animação para anunciar o título. Bonitinha, coloridinha, flores que se mexem, mas não me conquistou. Como quase nada da película. Eu gosto muito da história, portanto não consigo achar totalmente ruim e não me pareceu tão longo. Entretanto, é decepcionante em muitos pontos.


Os atores são, em sua maioria, de origem espanhola. A história se passa em Cartágena das Índias, na Colômbia. A língua original do livro é o espanhol. E os diálogos do filme são em inglês. Horrível, pois é um inglês muito mal falado, com sotaque carregadíssimo. As crianças que aparecem de fundo gritam em espanhol e os atores usam umas expressões em espanhol no meio das conversas. Péssima escolha.


A maquiagem não funciona e não consegue deixar o espanhol Javier Bardem e a italiana Giovanna Mezzogiomo, que interpretam Florentino Ariza e Fermina Daza, com ares de 70 anos. Talvez por isso eles exagerem na interpretação e ajam como se tivessem 90 anos e estivessem quase morrendo. Não convence, não convence. Giovanna também não consegue passar nenhum carisma à personagem e eu saí do cinema com raiva da Fermina, o que não lembro de ter acontecido no livro.


Para completar, a trilha sonora foi feita pela Shakira. Ou melhor, usaram músicas da Shakira, pois a trilha sequer é original. É triste o momento em que Fermina é obrigada pelo pai a sair da cidade para ficar longe de Florentino e, durante a viagem de mulas até o interior, toca Pienso em ti, música do álbum Pies Descalzos, de 1996. Do tempo em que eu gostava de Shakira.

Enfim, embora vários aspectos tenham me desagradado, não tive vontade de sair no meio da sessão. Por R$ 5,00, valeu. Ao menos me deu motivos para escrever e postar alguma coisa nesse blog envergonhado e desatualizado.

sábado, 15 de dezembro de 2007

quarta-feira, 12 de dezembro de 2007

Sobre o início

"E dessa insustentável leveza de ser
eu gosto mesmo é de vida real"

(Nação Zumbi - Bossa Nostra)



O ócio que tomou conta da minha vida nos últimos tempos resgatou em mim uma vontade de escrever. Em 2007, toda a minha dedicação à escrita foi utilizada na monografia e nos estudos para o mestrado. Agora que, junto com o ano, tudo isso acabou – e que não estar fazendo nada de muito produtivo tem me angustiado – crio este espaço como uma maneira de obrigar a mim mesma a expor minhas idéias e a vencer a insegurança.


Quem me conhece sabe que é um grande esforço me revelar assim, publicamente, com a consciência de que algumas pessoas podem ler, criticar, discordar ou achar que escrevo mal. Entretanto, preciso aprender a lidar com as críticas ou sempre escreverei apenas no meu diário.


Perguntou-me o Pedro se meu blog seria jornalístico ou literário e eu não soube responder. Penso que aparecerão nele ambas as opções, embora eu considere muito mais fácil escrever matérias do que algo que possa parecer literatura. Veremos o que surgirá nessa cabeça (por vezes transtornada).

Para começar, publico um texto escrito no primeiro semestre deste ano, quando as pontes da avenida Ipiranga foram fechadas e as pessoas que moravam ali foram “retiradas”. Meu início não poderia ser sobre outro tema. Afinal, eu gosto mesmo é de vida real.



É PROIBIDO MORAR NA RUA


"Uma praça não é só uma praça, mas o retrato vivo que guarda a memória da nossa infância. Uma rua nunca é só uma rua, mas o caminho diário que leva à escola, que leva aos amigos, que levamos no peito". Com essas frases, inicia-se o texto de homenagem da Prefeitura Municipal de Porto Alegre à cidade, no dia de seu aniversário. Esquece-se, que, além disto, uma praça e uma rua também podem ser uma casa. No caso da maioria dos dois mil moradores de rua da capital gaúcha, a única casa. E estes, que não têm acesso a empregos, educação ou atendimento de saúde satisfatório, são agora privados da única casa que conseguem encontrar. Em Porto Alegre, não se pode mais viver na rua.


Conhecida internacionalmente como a capital da democracia e do Fórum Social Mundial, Porto Alegre é também, segundo informa o Correio do Povo de 26 de março de 2007, a capital brasileira com a melhor qualidade de vida. Apesar da fama da cidade, é visível que a pobreza está maior por aqui: basta reparar na quantidade de pessoas que pedem dinheiro nos sinais, sejam elas crianças com malabares, limpadores de pára-brisas ou simples “mendigos” mortos de fome.


A Prefeitura Municipal tenta esconder esta realidade, e para isto resolveu promover uma "limpeza", retirando a miséria da vista da classe média. Durante toda a gestão José Fogaça, a Secretaria Municipal do Meio Ambiente, em parceria com a FASC, tem realizado ações nas praças e parques da maior cidade gaúcha e confiscado os pertences daqueles que ali vivem, sob o argumento de que a privatização dos parques é proibida. Justo a FASC, órgão responsável por atender a população de rua, não leva em consideração a importância que os colchões, roupas e panelas têm para essas pessoas. E, ao contrário do que dizem os grandes meios de comunicação, os moradores de rua não são encaminhados para os abrigos. A Guarda Municipal, que acompanha essas ações, apenas os manda "andar". Além disso, ao falar da privatização dos parques, o secretário Beto Moesch desconsidera os CTGs, Associações de Moradores e outros prédios construídos nesses espaços públicos - que, afinal, também não poderiam estar ali. Só são atingidos os que não conseguem se defender e que não encontram meios para reclamar.


A nova medida da Prefeitura foi fechar a parte inferior de sete pontes da Avenida Ipiranga com muros de pedra, para impedir que qualquer pessoa possa morar ou se esconder nesses lugares. Assim, pretende diminuir o número de assaltos na região. Essa atitude foi apoiada pela RBS, em especial pelo jornal Zero Hora, que publicou diversas matérias sobre o fechamento das pontes e sobre os moradores de rua. Por acaso, a primeira ponte a ser murada foi a da esquina da Rua Erico Veríssimo com a Av. Ipiranga - bem em frente à Zero Hora. Erroneamente, o jornal publicou levantamentos que indicam para onde as pessoas estariam sendo encaminhadas. Não escutou os próprios sem-teto, ou teria constatado a real situação dos abrigos ou albergues de Porto Alegre.


Não há vagas suficientes nos aparelhos públicos municipais para abrigar todos os que não têm casa. As filas em frente aos albergues iniciam às 15h, sem garantia de vaga, e as portas abrem apenas às 18h. Dessa maneira, o indivíduo precisa optar entre trabalhar ou dormir no albergue. Os abrigos têm outro funcionamento, com vagas asseguradas, acompanhamento psicológico e assessoria com uma assistente social para elaborar um planejamento com o intuito de sair da rua. Nestes, só sobram espaços para as mulheres.


Além da perseguição dos órgãos municipais, as pessoas em situação de rua de Porto Alegre precisam enfrentar um novo fenômeno na cidade: as ruas em que não se pode mais passar. Na rua Olavo Bilac, na Cidade Baixa, um segurança garante que os moradores de rua não caminhem por ali, sob pena de apanharem de cassetete. Na rua Gaspar Martins, no bairro Floresta, os empresários não desejam que os sem-teto fiquem parados em frente aos prédios ou se sentem nas calçadas.


A próxima etapa no projeto de “limpeza” é o cercamento dos locais de maior trânsito da população de rua, como a Praça Garibaldi, localizada na Av. Venâncio Aires. E depois disso, o que virá? Que outras formas encontrarão para proibir que cidadãos transitem pelos espaços públicos da cidade? Ao que parece, a “capital da democracia” esqueceu-se de um dos direitos básicos assegurados pela Constituição Brasileira: aquele que nos permite ir e vir.